Zegama, Bonatti y el chocolate

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Roberto Garay, tester de Forum Sport, se atrevió el pasado 22 de Mayo nada menos que con la Zegama. Por supuesto, le pedimos que nos contara su experiencia para nuestro blog, y aquí tienes el resultado: una historia que a veces parece de terror, pero que sobre todo es de superación. Una historia tan épica como -seguramente- la de todos los que consiguieron acabar una de las carreras de montaña más emblemáticas del mundo:

Zegama es Zegama; las veces que habré oído esa mítica frase de uno de los mejores atletas del mundo: Kilian Jornet. Carreras hay muchas: cortas, largas, ultras, de mayor o menor tecnicidad, más pisteras que montañeras… pero solamente hay una a la cual nuestro gran Jornet intenta no faltar incluso sin haber entrenado -específicamente, claro-. Por algo será.

Los días previos: decisiones que pueden salvarte la vida

Aunque los días previos habían transcurrido con un tiempo muy bueno, lo que ese día nos esperaba a los 500 corredores que a las 9:00 de la mañana nos encontrábamos debajo del arco de salida marcaría un antes y un después, por lo menos en mi caso.

A las 8:00 de la mañana la temperatura en Zegama era de unos 15ºC, lo cual hizo que muchos corredores optaran por llevar únicamente el cortavientos que exigía la organización.

En mi caso, llevando mochila opté por meter el chubasquero Bonatti de la marca Salomon y, esa decisión hizo que acabase la carrera (para que os hagáis una idea, el chubasquero Bonatti pesa 194 gramos y el corta vientos Salomon Fast Wing 94 gramos, es decir, solamente 100 gramos de diferencia siendo uno impermeable 100% y el otro no).

Por eso mismo puedo decir que Bonatti “me salvó la vida”. Para los que no conozcan esta prenda, diré que es una auténtica bomba en comodidad, ligereza y, como bien comprobé en Zegama, resistencia.

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Fotografía: Jesus Beamonte

Lo dicho, chubas, un par de barritas y geles a la mochila y hacia el corralito para situarnos en la salida; todo a punto, últimos corredores que se acercan por la parte trasera como Zaid o Oihana Kortazar (otro de los encantos de la Zegama, que todos estamos juntos, élite y populares). Empieza la cuenta atrás. Objetivo, mejorar o por lo menos igualar el tiempo del año pasado… ¡iluso de mí!

Empieza la carrera: buscando mi ritmo

Se da la salida y, después de dar la vuelta al pueblo, todos para arriba: la gente se empieza a colocar en su sitio. Mis sensaciones no son muy buenas, noto cansancio en las piernas pero pienso: “ánimo Roberto, cuando mejor funcionas es a partir de la hora, así que con calma hacia arriba”.

Alrededor veo a corredores de mi mismo nivel con los que he coincidido en otras carreras, así que tan mal no voy; poco a poco encuentro mi ritmo y tiro como uno más hasta el Aratz.

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Fotografía: Igor Quijano

La lluvia hace presencia durante toda la carrera pero la temperatura es bastante llevadera así que, cogiendo como referencia la carrera del año pasado en la cual no me puse en ningún momento el chubasquero, sigo hacia San Adrián sin preocuparme lo más mínimo de ir completamente hundido.

En la bajada, antes de pasar la famosa “cueva” de piedras, la zapatilla no me tracciona bien y me voy al suelo quedándome encajado entre dos piedras: ¡qué dolor en la pierna! Me miro y parte de mí se queda allí, ¡pegada en esa maldita roca! Me levanto, no me levanto… ¿pero que tipo de pensamiento es ese? “Es Zegama Roberto, ¡levanta el culo y sigue corriendo!” Parece que solo es el golpe así que dicho y hecho, me levanto y sigo bajando con algo más de cuidado, mirando receloso a esa piedra en la cual mi pierna y mano derecha han dejado su huella para siempre.

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Mi cabeza, sin yo darme cuenta, empieza a fallar: caída mala, dolor, “qué bajón”, “lo que todavía me queda”… No quiero correr pero los ánimos de la gente no me dejan andar, se lo debo a todos ellos por estar ahí animando, trasmitiendo su calor en un día tan frío… paro en el avituallamiento, me echo agua encima de las heridas para ver la gravedad y tiro para arriba entre el sonido de los cencerros y los gritos de la gente. ¡Qué sensación! Euforia por todos lados y con el tiempo que hace!

Aizkorri: ahí arriba no hay piedad

Pero, como siempre, todo lo bueno se acaba y, una vez coronada la ladera, me encuentro otra vez inmerso en la soledad del corredor: “qué frío tengo”, “me tendría que haber puesto el chubasquero antes”, “ahora queda la subida al Aizkorri así que, como voy a sudar, paso de ponérmelo”. Muchos pensamientos pasan en ese momento por mi cabeza para, al final, no tomar la decisión adecuada.

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Fotografía: Jesus Beamonte

Según voy hacia la ansiada punta veo como mucha de la gente que estaba de público esta bajando: se me hace raro ya que los años anteriores no había vivido esa situación pero no le doy importancia y sigo guiado por los gritos de ánimo que oigo entre la densa niebla y que, gracias a Dios, me sirven como referencia para saber que la cumbre cada vez está mas cerca.
Subo bastante bien, eso sí, con mi chubasquero recién puesto, ya que el frío se empieza a notar. Hasta el momento mi alimento se ha basado en un único gel (no me doy cuenta) y unos míseros tragos de agua (nada de isotónico).

Una vez arriba, comienza el cresterío: es una zona técnica pero no le tengo demasiado miedo ya que en las últimas ediciones ha sido un punto donde he adelantado a gente así que con un  poco de cabeza y viendo bien dónde se pisa, está hecho.

Craso error: ahí arriba no hay piedad: el viento azota de tal manera que el granizo-nieve-agua te sacude con furia. La sensación térmica rondaría los 0 grados sin exagerar, un auténtico infierno. Miles de bolas de granizo impactan contra mi cara y piernas dejándome literalmente como un “pajarito”.

Intento taparme lo máximo posible con el chubasquero pero estoy totalmente empapado así que el frío se cuela por todas partes; para que os hagáis una idea las manos las tenía congeladas desde las muñecas, la cara era como un témpano de hielo, no podía ni abrir la boca y las piernas eran palos. Lo único que pensaba era en bajar de allí, hacer el paso lo mas rápido posible para volver a temperaturas mas cálidas.

 

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Fotografía: Jesus Beamonte

No poder comer ni beber por tener congeladas las manos

Por fin comienza la bajada; “ahí entraré en calor”, pienso. Efectivamente, entré en calor pero de todos los trompazos que me di; había un barro tan malo que era como si estuviera sobre hielo con las zapatillas de casa. Era lo que me faltaba, otro tipo de dolor. Mención especial para el corredor peruano que me adelantó como si viniera de haber hecho 200 metros con su niqui de tirantes y para mi gran Bonatti que después de todas las caídas seguía intacto: eso sí, de naranja paso a marrón oscuro.

“Bueno Roberto, lo peor ha pasado”, quedan las campas de Urbia, la subida al Andraitz y bajada hasta Zegama. “Perfecto, ya lo tienes, solo hay que apretar un poco y listo”. De nuevo otro error; con tanto frío no me había dado cuenta que llevaba mas de tres horas y media habiendo ingerido únicamente un gel. Era impensable para mí bajarme la cremallera y poder meter la mano en la mochila para coger algo, las tenía congeladas. La opción más sensata -que no la más adecuada- era seguir sin comer ni beber.

“Zegama me ha noqueado”

Según encaro el Andraitz viene el tan temido hombre del mazo: me quedo seco, imposible andar, las piernas no van, mi cabeza manda la orden pero las piernas no las reciben. No puede ser, si iba bien, ¿qué esta pasando? Entonces, en ese momento de impotencia y rabia, aparecen mis ángeles de la guarda: dos amigos que, viendo mi estado, me vienen a ayudar con sus ánimos. “Animo Roberto, tu puedes, ya está, sube andando que lo tienes ahí” me dice Rouco. Que fácil parece amigo mío… Zegama me ha noqueado…

De repente, uno de ellos me pregunta si quiero algo para comer, que tienen chocolate; el cerebro se activa y casi a la vez que me lo ofrece se lo quito de las manos, todo para adentro; lo menos 20 corredores me pasan en la subida pero me da igual, yo sigo comiendo.

Me subo todo el Andraitz con la tableta de chocolate que me van ofreciendo poco a poco; parece que hace efecto, voy llegando a la cumbre y el cuerpo empieza a reaccionar; estaba totalmente vacío, no había ingerido mas que un gel en toda la carrera y con el frío que hacía arriba, el cuerpo había gastado la poca energía que me quedaba en intentar entrar en calor.

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Fotografía: Jesus Beamonte

“Sólo quiero salir de ese infierno”

Que subidón el llegar arriba, todo bajada hasta meta menos algún tobogán por ahí suelto. La bajada no la disfruto, solo quiero llegar. Enfilo la recta final. No miro ni el reloj, solo quiero salir de ese infierno llamado Zegama Aizkorri y que este año me ha puesto en mi sitio. En esta edición he descubierto el verdadero significado de la mítica frase: Zegama es Zegama. Nunca más lo olvidaré, palabra de trailrunner.

P.D.: Este año me quedé bien lejos de las 4 horas 26 minutos del año pasado: 5 horas y 6 minutos. Felicito a todos los valientes que tomaron la salida y en especial a los que acabaron fuera aparte del tiempo que hicieran.

 

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