Cómo adaptarse a la altitud en la montaña

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Cada vez más personas acuden a lugares y cimas de gran altitud, poseídas por su atractivo. Que el entorno de las montañas es mágico no es una afirmación mía. Desde la antigüedad es sabido, y lo confirman gran cantidad de monumentos megalíticos y las referencias que muchas religiones hacen ellas. Y lo cierto es que tienen sobre nuestro organismo una gran influencia.

Según su altitud, se suele hablar de “Baja montaña” cuando no supera los 1000 metros, de “Media montaña” hasta los 2500, de “Alta montaña”, hasta los 5.500 metros, y de “Muy alta montaña”, cuando se supera esa cifra. Esta división es artificial, pero tiene importancia decisiva en algunas situaciones , como por ejemplo, cuando se trata de la cobertura de los seguros.

La citada clasificación no impide que, en ciertas circunstancias, una modesta cima pueda presentar un ambiente más duro y agresivo que una de 3000 en un día bueno. Por lo general, hasta los 1000 metros nuestro organismo no siente cambio alguno, incluso en el caso de personas con limitaciones de salud.

La “Media montaña” puede ser algo exigente si tenemos ciertas enfermedades o limitaciones, pero en la “Alta y Muy alta montaña” se pone a prueba nuestra capacidad de adaptación, llegando al extremo de poder perder la vida sólo por el hecho de estar en esas cotas.

¿Qué es lo que cambia con la altitud?

Cambian factores físicos muy importantes, como la presión atmosférica, la temperatura, la humedad del aire y las radiaciones.

La presión

Como recordaréis, la presión atmosférica es el peso del aire que tenemos sobre nosotros, en las distintas capas de la atmósfera. Cuanto más cerca del nivel del mar estamos, mayor columna de aire tenemos encima y mayor es su peso o presión, aunque hay variaciones debidas a los vientos, temperaturas y otros aspectos.

A medida que ascendemos por la ladera de una montaña, tenemos menos espesor de atmósfera encima y menor es su presión sobre nuestro cuerpo. Si a nivel del mar, un día normal, tenemos una presión de 760 mm Hg, a unos 5.500 metros de altitud se reduce a la mitad. El problema para el organismo es que a la vez que ocurre eso, también se reduce en parecida medida la presión del oxígeno en el aire que respiramos, ¡y es vital!

Esa disminución provoca una importante merma de la capacidad física para el ejercicio. Cuanto más arriba estamos, más nos cuesta hacer el mismo trabajo, llegando a ser extenuantes cosas que a nivel del mar podemos hacer fácilmente.

Otro problema de la disminución del oxígeno que respiramos es que puede producir varios tipos de problemas de salud, que se agrupan bajo el nombre de Mal Agudo de Montaña y suelen afectar, principalmente, al cerebro y a los pulmones. El Mal Agudo de Montaña puede ser mortal, incluso en plazos breves de tiempo. De hecho, antiguamente a las altitudes más elevadas del planeta se les llamaba “zona de la muerte”.

Edema cerebral de altitud en el Everest.

La temperatura

Es otro de los aspectos que cambia con la altitud, y si la atmósfera está estable, sin corrientes de aire polar o cálidas, cada 150 metros que ascendemos, la temperatura baja 1 grado centígrado. Por lo tanto, un agradable día con 20ºC a nivel del mar nos debe hacer pensar que a 3000 metros el termómetro marcará un helador 0ºC.

Veamos con ese ejemplo la evolución de la altitud y la temperatura en un ascenso desde la costa hasta la cima del Everest:

Altitud Temperatura
0 m. 20ºC
1.000 m. 13,3ºC
2.000 m. 6,6ºC
3.000 m. 0ºC
4.000 m. -6,6ºC
5.000 m- -13,3ºC
6.000 m. -20ºC
7.000 m. -26,6ºC
8.000 m. -33,3ºC
8.848 m. -39ºC

La humedad ambiental

Así como los cambios de temperatura son muy evidentes, los de la humedad ambiental pasan casi desapercibidos, si no atendemos a ciertos detalles. Por ejemplo, si pasamos una jornada en una estación alpina, pongamos que a 2500 metros de altitud, incluso sin hacer ejercicio, para el atardecer será evidente una sed superior a la normal. El motivo es que la cantidad de vapor de agua que está presente en el aire no es fija, sino que cambia en función de varios datos.

Uno es la altitud, en sí misma. Cuanto más alto subamos, menos vapor de agua tiene el aire que nos rodea. Otro de ellos es la temperatura del aire, que como ya hemos visto, disminuye con la altitud. Cuanto más frío está el aire que respiramos menos húmedo es; menos vapor de agua contiene. Por eso la ropa lavada tarda más en secarse, a pesar de que haga sol, cuando el termómetro marca pocos grados.

De hecho si respiramos la cantidad de aire que pesa 1 kilo, y está a 20ºC, en ella entrarán a nuestros pulmones unos 150 gramos de vapor de agua, pero si la temperatura fuera de -20ºC tan solo contendría unos 8 gramos de vapor de agua.

Eso hace que nos deshidratemos al respirar aire frío porque, al estar más seco, robará de nuestros bronquios y alveolos pulmonares la humedad que le falta. Lo comprobaremos por la  nubecilla de vapor que aparece, cuando hace frío, al expulsar el aire de los pulmones. Combinados el frío y la altitud, nos resultará aceptable creer que a 4000 metros la humedad del aire que respiramos sólo tiene la cuarta parte de vapor de agua del que disponemos a nivel del mar. Eso hará que nuestro cuerpo se deshidrate cada vez que tomemos aire.

Las radiaciones

Ya hemos visto que, a medida que ascendemos, esa barrera protectora que es la atmósfera que está sobre nosotros se va haciendo más delgada y, por lo tanto, quedamos más expuestos a las radiaciones solares y cósmicas. Además, en la montaña es posible que nos encontremos con terrenos nevados, y la nieve refleja una gran cantidad de las radiaciones que recibe. Especialmente, si es nueva, totalmente blanca. En esa situación podemos decir que a 1500 metros de altitud recibiremos, aproximadamente, unas 7 veces más radiaciones sobre la nieve que en la playa.

La combinación de sol y nieve aumenta la cantidad de radiaciones que recibimos.

 

Conviene avisar también que, al contrario de lo que parece, las nubes y la niebla que cubren muchas ascensiones a la montaña no impiden el paso de rayos como los ultravioleta. En todo caso, justo lo reducen ligeramente. Por lo tanto, cuanto el organismo asciende ladera arriba, sufre la disminución de oxígeno, se enfría, se deshidrata y queda expuesto a mayor cantidad de radiaciones. Conviene saberlo para evitar o reducir los problemas que una mala adaptación puede traernos.

Incluso a través de las nubes o la niebla pasan ciertas radiaciones.

 

Por Kepa Lizarraga (Especialista en Medicina del Deporte y colaborador de Forum Sport).

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